La filosofía es, en términos generales, una reflexión metódica que expresa la articulación del conocimiento, las posibilidades y límites de la existencia y modos de ser.
Tal vez sólo entre los presocráticos, la definición de la filosofía como “amor a la sabiduría”, pueda ser válida. Ya en el período clásico de Grecia, filosofía es el auténtico y verdadero saber, no el amado, sino el que se tiene. En Platón es clara la diferencia. El saber que disponemos, por el mero hecho de vivir es “doxa”. El saber logrado porque metódicamente se lo ha perseguido, y encontrado, es “episteme”. Y la filosofía, ya a partir de su época, es tanto como ciencia o saber seguro, como suma de los saberes encontrados laboriosamente.
En lo concerniente a la caracterización, más o menos implícita, que emerge en Grecia de la clase de hombre denominada “filósofo”-individuo arrebatado por el amor al conocimiento o sabiduría- ha de ser paradigmática en lo sucesivo. En lo esencial se trata de un tipo de personaje muy específico no movido por actitudes pragmáticas y buscador del saber por el saber mismo, sin otro designio ulterior. No se habla de una sabiduría atada a lo concreto: sino de la que es accionada por un apetito de generalidad centrada en un enfoque unitario. Su saber es un saber curioso, interrogante e insaciable, siempre agitado por el deseo de no cejar en la persecución indagatoria de los últimos fundamentos de la realidad. Su preguntar es por esto ilimitado y carente de la fácil apelación a presupuestos llamados para inhibir la aparición de novedosas indagaciones. Al mismo tiempo y en cierta forma como corolario de lo antedicho, en el filósofo siempre se ha de hallar enhiesta una actitud definitivamente crítica y de duda, ya sea para el propio pensar, o para el ajeno, del momento presente o del pasado.
La filosofía, o el filosofar, son intrínsecos al hombre. La condición humana explica esta disciplina, y bien puede decirse, que la filosofía como actitud, es ineludible. No es un saber más que se agrega a otros saberes, es la actitud natural del hombre, es la respuesta natural de su existencia ante la maravilla del universo y del ser. No hay manera de no filosofar, y aun negando la filosofía, se lo debe hacer con argumentaciones de tinte filosófico. Señala Jaspers, en el libro que en alemán reunió charlas radiofónicas o conferencias que luego se publicaron como Introducción a la Filosofía ( La Filosofía, en español, para FCE), que ya en los niños está plenamente despierta la curiosidad y la indagación filosófica. Pareciera ser, señala el mismo autor, que con el tiempo, tal tendencia ingenua por la interrogación, se pierde. Tal vez por las capas superpuestas de la vida banal- inauténtica, en términos heideggerianos- que a todos nos toma y nos aplasta…”Por el sencillo hecho de existir el hombre, acontece el filosofar”. Podemos concluir con apotegma famoso.
Orígenes
Aunque mucho se ha debatido sobre este punto, lo cierto es que Isócrates, contemporáneo de Platón, atribuye a los egipcios la invención de la filosofía:
“…además, la cultivación de la práctica de la sabiduría se puede también razonablemente atribuir al mencionado egipcio (Busiris). […] Los sacerdotes pues gozaron de tales condiciones de vida, descubriendo para el cuerpo la ayuda que el arte médico produce, no de aquel que utiliza drogas peligrosas sino solamente drogas de tal naturaleza que son tan inofensivas como el alimento diario, y que con todos sus efectos es tan beneficioso, que todos los hombres convienen en que los egipcios son los más sanos y los de más larga vida posible entre los hombres; y entonces, para el alma, ellos introdujeron el entrenamiento de la Filosofía, una búsqueda que tiene el poder, no sólo para establecer leyes sino también para investigar la naturaleza del universo…” (Isócrates. “Discusos y Letras”. Busiris; 11, 21-22[1] .
Definición
El término “filosofía”, aunque equívoco, no se aparta en sus acepciones comunes de ser una ciencia, una doctrina particular, una corriente de pensamiento, un conjunto de saberes o teorías, y un sistema del intelecto[2] [3] [4] . Según lo dicho por el DRAE la filosofía no se encuentra separada de la acción o guía sobre el conocimiento y el hacer de los individuos y sociedades. Se acepta, por otro lado, que en sentido figurado la filosofía es un «sistema particular de entender la vida y todo lo relacionado con ella.»[3]
En los diccionarios especializados de filosofía, la separación entre el sentido popular y técnico se extiende más, siendo el término definido desde una perspectiva histórica que expone y contrasta gran diversidad de sentidos. Desde cierto punto de vista se considera a la filosofía como la “Ciencia de las ciencias”, mientras que desde otro punto de vista aparece como una crítica rigurosa y sistemática del conocimiento y los saberes -incluida la propia filosofía o filosofías.[5] La referencia obligada de la filosofía a la sabiduría abre la discusión de su significado visible en la ampliamente conocida tensión entre el conocimiento racional y la sabiduría moral. No obstante las discrepancias, la filosofía se mantiene atenta a una afirmación o comprensión de la verdad, entendida como la cosa en sí, el sentido, el Espíritu, el sentido del hombre en el mundo, lo revelado, etc.[6] . Como bien apunta Ferrater Mora, «la unidad de la filosofía (…) se manifiesta a través de su diversidad»[7] .
En Occidente la filosofía se desarrolla bajo dos perspectivas que podemos encontrar en la filosofía griega: (a) como una búsqueda de lo permanente y perfecto frente a la adquisición de la prudencia, y (b) como una afirmación de la identidad frente a la diferencia. Estas tensiones han permitido la creación y profundización conceptual de grandes temas de investigación filosófica como lo son la metafísica, la ontología, la gnoseología, la teoría del conocimiento, la ética, la estética y la lógica.










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